






El domingo 13 de julio de 2025, la Iglesia Presbiteriana Emanuel de Bogotá celebró su servicio dominical bajo el liderazgo del pastor Isaac Aranda. El mensaje bíblico se basó en Filipenses 2:1-11, con especial énfasis en los versículos 5 y siguientes, donde el apóstol Pablo exhorta a los creyentes a tener la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. A través de este sermón, se invitó a la congregación a examinar su carácter a la luz del modelo de humildad y obediencia revelado en la vida de Jesús.
El sermón enfatizó un llamado profundo: adoptar la actitud de Cristo no como un ideal inalcanzable, sino como una urgencia espiritual en el presente. Este mensaje de Filipenses, estudiado extensamente a lo largo del año, parece insistir en que esconde una clave esencial para la vida cristiana: el carácter de Cristo. Aunque toda la Biblia revela su persona, Filipenses 2 logra condensar con precisión la esencia de su humildad, su entrega y su renuncia voluntaria.
Así, el sermón confrontó la realidad del corazón humano, cuya naturaleza está marcada por el pecado y el orgullo, legado de la caída de Adán y Eva. El mundo, influenciado por la vanagloria y el individualismo, alimenta esta condición, y la Iglesia a menudo no es la excepción. La discordia interna puede destruir la verdadera comunión que debe vivirse: una vida de humildad similar a la de Cristo.
El pastor Aranda enfatizó en el sermón, refiriéndose a Mateo 11:29: «Lleven mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón», y Mateo 5:3, que declara bienaventurados a los pobres de espíritu. Estos pasajes bíblicos enfatizan que solo una posición de humildad nos permite recibir y vivir las verdades de Dios.
Además, se planteó un riesgo espiritual oculto: proclamar a Cristo con palabras, pero vivir sin su corazón. Tal como sucedió en tiempos de Jesús, cuando muchos religiosos esperaban al Mesías pero no lo reconocieron, también hoy la iglesia puede perder al Cristo vivo si se deja llevar por el orgullo. Por lo tanto, Pablo nos exhorta a despojarnos de toda pretensión, como lo hizo Jesús, quien, siendo Dios, no se aferró a su naturaleza divina, sino que se humilló hasta la cruz.
La verdadera grandeza, según el ejemplo de Cristo, no se manifiesta a través del poder humano, sino a través de la mansedumbre, el servicio y la entrega. Solo cuando abrazamos esta humildad transformadora podemos ver a Cristo como es: cercano, quebrantado, presente en la sencillez. Por lo tanto, para la Iglesia de hoy, conocer a Cristo no es cuestión de conocimiento religioso, sino de abrazar su actitud y vivir un evangelio que consuela, obedece y transforma desde lo más profundo del corazón. Amén.
Escrito por: Fernanda Zambrano